Por; Jesús Hoyos Hernández//Nacional//Análisis//Política//Opinión//
Biografía Justo Sierra
Justo
Sierra es el hombre más importante que México tiene sin saber que tiene, el
intelectual que vivió del lado incómodo de la historia, sirviendo a una
dictadura para construir la institución que más ha democratizado el
conocimiento en el país, y cuyo legado hoy estudian millones de personas que
nunca han escuchado su nombre. Nació en Campeche en 1848, hijo de un
historiador notable, y desde joven fue claro que era la persona más brillante en
cualquier habitación donde estuviera: abogado, poeta, periodista, historiador,
orador de los que hacen callar a las salas, escritor que Ignacio Manuel Altamirano reconoció como su mejor discípulo. Para cuando tenía treinta años ya
era diputado federal y ya había propuesto en el Congreso, en 1881, la creación
de la Universidad
Nacional de México, que nadie le aprobó. Esperó veintinueve
años para que se la aprobaran. A lo largo de esas casi tres décadas, Justo
Sierra fue haciendo algo que la historia le ha cobrado y que a él le costó su
reputación entre los liberales puros: se convirtió en el cerebro cultural e
ideológico del gobierno de Porfirio Díaz. Formó parte del grupo de los
Científicos, los intelectuales y tecnócratas que le daban sustancia filosófica al
régimen.
En
1905 Díaz lo nombró primer Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes del
país, y desde ahí Sierra ejecutó en seis años lo que había diseñado en treinta:
creó la educación primaria pública, obligatoria, laica y gratuita de carácter
nacional, organizó el magisterio, estableció becas para alumnos destacados,
impulsó el estudio de las culturas indígenas y creó el Museo Nacional de
Antropología e Historia. Y el 22 de septiembre de 1910, diez días después de
que Porfirio Díaz inauguró el Centenario de la Independencia con un
millón de bombillas en la
Ciudad de México, Justo Sierra inauguró la Universidad Nacional
de México. La misma institución que había propuesto veintinueve años antes en
un Congreso que no lo escuchó. Dos meses después estalló la Revolución Mexicana.
Sierra apoyó a Madero, que lo nombró ministro en España, y murió en Madrid el
13 de septiembre de 1912, sin ver lo que su Universidad llegaría a ser. En
1948, en el centenario de su nacimiento, la UNAM que él fundó lo declaró Maestro de América y
trasladó sus restos a la
Rotonda de las Personas Ilustres. La paradoja perfecta de
Justo Sierra es esta: el hombre que construyó las instituciones que más han
democratizado el saber en México fue el ideólogo de la dictadura que más
concentró el poder.
Justo
Sierra es el hombre más importante que México tiene sin saber que tiene, el
intelectual que vivió del lado incómodo de la historia, sirviendo a una
dictadura para construir la institución que más ha democratizado el
conocimiento en el país, y cuyo legado hoy estudian millones de personas que
nunca han escuchado su nombre. Nació en Campeche en 1848, hijo de un
historiador notable, y desde joven fue claro que era la persona más brillante en
cualquier habitación donde estuviera: abogado, poeta, periodista, historiador,
orador de los que hacen callar a las salas, escritor que Ignacio Manuel Altamirano reconoció como su mejor discípulo. Para cuando tenía treinta años ya
era diputado federal y ya había propuesto en el Congreso, en 1881, la creación
de
En
1905 Díaz lo nombró primer Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes del
país, y desde ahí Sierra ejecutó en seis años lo que había diseñado en treinta:
creó la educación primaria pública, obligatoria, laica y gratuita de carácter
nacional, organizó el magisterio, estableció becas para alumnos destacados,
impulsó el estudio de las culturas indígenas y creó el Museo Nacional de
Antropología e Historia. Y el 22 de septiembre de 1910, diez días después de
que Porfirio Díaz inauguró el Centenario de
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