Por; Jesús Hoyos Hernández//Nacional//Análisis//Política//Opinión//Seguridad//
La sombra del
calderonato y la guerra contra el narcotráfico
16
de octubre de 2024. En una sala federal de Brooklyn, Nueva York, un juez acaba
de pronunciar una sentencia que sacudió los cimientos de México. Genaro García Luna, el hombre que
durante 6 años tuvo en sus manos la seguridad nacional de Felipe Calderón, fue
condenado a más de 38 años de prisión y a pagar 2 millones de dólares. No por
un error administrativo, no por una falla política, por haber protegido, según
la justicia estadounidense, al cártel de Sinaloa mientras fingía combatirlo
desde el corazón del Estado mexicano. Piensa en eso. El hombre que debía
perseguir a los narcos era, según el veredicto, parte de la maquinaria que los
protegía. Y ese hombre no trabajaba en una oficina perdida, estaba
sentado al lado del presidente. Entraba a Los Pinos, recibía presupuestos
millonarios, controlaba policías, inteligencia, operativos y secretos. Y
mientras México veía retenes militares, conferencias de seguridad y discursos
de mano dura, bajo la tierra empezaban hasta aparecer cuerpos, niños
calcinados, migrantes ejecutados, madres buscando huesos con sus propias manos.
Pero esta no es solo la historia de García Luna, esta es la historia de FelipeCalderón, el presidente que llegó al poder con una elección rota,
apenas 0,58% de ventaja, y que 10 días después se puso una chamarra militar
demasiado grande para declarar una guerra que convertiría a México en un
cementerio abierto. Fue ignorancia, fue soberbia, fue complicidad. Calderón
siempre lo negó, pero los testimonios, las cartas, las advertencias militares y
el juicio de Brooklyn dejaron una pregunta clavada como bala en la memoria del
país. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, cómo una elección cuestionada
empujó a Calderón a necesitar una guerra. Segundo, ¿quién le advirtió desde
dentro del ejército que García Luna olía a Narco? Tercero, ¿por qué San
Fernando, guardería ABC y Casino Royal no fueron tragedias aisladas, sino
heridas de un mismo sistema?
Brooklyn
sobre el hombre que Calderón defendió hasta el final? Guarda esta frase, él lo
sabía todo. Porque cuando lleguemos al final, entenderás por qué esa frase ya
no suena como acusación política, sino como sentencia histórica. Todo comenzó
en Morelia, Michoacán, el 18 de agosto de 1962. No en una sierra llena de
soldados, no en una sala de audiencias de Brooklyn, no en una fosa clandestina.
Todo empezó en una casa donde la política no era una conversación de adultos,
era una religión familiar. Su nombre completo era Felipe de Jesús Calderón
y Josa, pero antes de convertirse en el presidente que sacaría al ejército a
las calles, fue el hijo menor de Luis Calderón Vega, un intelectual
católico, escritor, militante, conservador y uno de los fundadores del partido Acción Nacional en 1939. En esa casa, el PAN no era solo un partido, era una
causa, era una herencia, era una forma de mirar al país como si México
estuviera dividido entre los que podían salvarlo y los que iban a destruirlo.
Felipe creció respirando esa idea desde niño. Mientras otros niños jugaban en
las calles de Morelia, él repartía volantes, se subía a camionetas de campaña,
escuchaba discursos, veía a los adultos hablar de democracia, fraude,
sacrificio, patria. Imagínalo así. Un niño pequeño metido en mítines
donde todavía no entiende del todo las palabras, pero ya entiende la emoción, ya entiende que el poder no se pide, se conquista.
ya entiende que la política no perdona a los débiles y Calderón aprendió
rápido. Estudió derecho en la escuela libre de derecho, después economía en el
ITAM.
Después
llegó a Harvard, a la escuela Kennedy, donde los políticos latinoamericanos
aprenden a hablar el idioma perfecto del poder moderno. Democracia,
instituciones, seguridad, estado de derecho. Palabras limpias, palabras
elegantes, palabras que suenan bien en foros internacionales. Pero las palabras
no siempre revelan el alma de un hombre, a veces la esconden. Por fuera. Calderón parecía el candidato ideal de laderecha mexicana. Preparado, disciplinado, técnico, serio, el hijo de
una tradición política que había esperado décadas para gobernar. Pero detrás de
esa imagen de alumno brillante había una herida que nunca dejó de sangrar, la
necesidad de demostrar que él no era un accidente, que no era un heredero
pequeño de una historia grande, que no estaba destinado a vivir bajo la sombra
de su padre, ni bajo la sombra de Vicente Fox, ni bajo la sombra de
nadie. Y entonces llegó 2006, ese año lo cambió todo. La elección presidencial
más amarga del México moderno. De un lado, Andrés Manuel López Obrador, el
hombre que encendía plazas, que hablaba a los pobres, que prometía sacudir el
sistema. Del otro Felipe Calderón, el panista que intentaba venderse como la mano
firme, el hombre serio, el muro contra el caos. Pero la campaña no fue limpia,
fue una guerra antes de la guerra. Spots, miedo, acusaciones, frases diseñadas
para quedarse clavadas en la cabeza del país. López Obrador decían, "Era un peligro para México."
Un peligro. Guarda esa palabra. Porque años después, Calderón construiría toda
su presidencia alrededor de otra palabra parecida, enemigo. Pero antes de
llegar a Los Pinos hubo una mancha que nunca terminó de borrarse. El caso Hilde
Brando, el nombre del cuñado incómodo Diego Ilde Brando Zavala. Los
contratos, las sospechas, las bases de datos, las acusaciones de favoritismo.
El golpe llegó en el debate del 6 de junio de 2006, cuando López Obrador puso ese
nombre sobre la mesa y rompió la imagen de manos limpias que Calderón intentaba
proyectar.
Después
vino el resultado, 0,58%. Nada más una diferencia mínima. Apenas 243,934 votos
en un país de millones. Una victoria tan estrecha que no parecía una
coronación, sino una herida abierta. Las calles se llenaron. Reforma se volvió
campamento. El Zócalo se convirtió en tribunal popular. Medio país miraba a
Calderón no como presidente, sino como usurpador, como alguien que había llegado
por una rendija, no por una puerta abierta. Piensa en eso. Un hombre educado
para mandar, formado para sentirse heredero de una misión histórica, entrando
al poder mientras millones gritaban que no era legítimo. Esa clase de
humillación no desaparece, se transforma. Y Calderón necesitaba algo
más grande que una elección. Necesitaba una escena, una causa, un enemigo tan
poderoso que obligara a todos a mirar hacia otro lado. Necesitaba que
México dejara de hablar del 0,58% y empezara a hablar de guerra. 10 días
después apareció en Michoacán con una chamarra militar demasiado grande y ahí,
bajo esa tela verde que no le quedaba, empezó a nacer la decisión que
incendiaría al país. Porque a veces una guerra no empieza con una bala, a veces
empieza con un hombre desesperado por parecer legítimo.
El
11 de diciembre de 2007, diez días después de haber tomado posesión como
presidente de la República ,
el gobierno encabezado por el usurpador Felipe Calderón Hinojosa, anunció el Operativo
Conjunto Michoacán, que en los hechos significó el inicio de la “guerra contra
el narco”, una serie de operativos encabezados por las fuerzas federales,
principalmente el Ejército y la
Marina , en zonas consideradas como de alta peligrosidad en el
norte y occidente del país especialmente. De inicio, desde diversos foros se
cuestionó la decisión presidencial, que se creyó precipitada y encaminada sobre
todo, a recuperar la legitimidad ante un triunfo electoral muy cuestionado. Así
surgieron voces, no todas de la oposición1 que consideraban que los operativos
policíaco-militares respondían a un móvil político y que eran tan
espectaculares como innecesarios. Por otro lado, un número considerable de
analistas y académicos, en ocasiones refutando esta hipótesis, y en otras
simplemente señalándola como complementaria a la verdadera razón de los
operativos conjuntos, adujo que en realidad, la medida se tomó de manera
urgente como respuesta al creciente problema de inseguridad. Desde el gobierno
de la República ,
funcionarios en entrevistas o declaraciones a los medios, destacaban la
importancia de la “guerra contra el narco”.
16
de octubre de 2024. En una sala federal de Brooklyn, Nueva York, un juez acaba
de pronunciar una sentencia que sacudió los cimientos de México. Genaro García Luna, el hombre que
durante 6 años tuvo en sus manos la seguridad nacional de Felipe Calderón, fue
condenado a más de 38 años de prisión y a pagar 2 millones de dólares. No por
un error administrativo, no por una falla política, por haber protegido, según
la justicia estadounidense, al cártel de Sinaloa mientras fingía combatirlo
desde el corazón del Estado mexicano. Piensa en eso. El hombre que debía
perseguir a los narcos era, según el veredicto, parte de la maquinaria que los
protegía. Y ese hombre no trabajaba en una oficina perdida, estaba
sentado al lado del presidente. Entraba a Los Pinos, recibía presupuestos
millonarios, controlaba policías, inteligencia, operativos y secretos. Y
mientras México veía retenes militares, conferencias de seguridad y discursos
de mano dura, bajo la tierra empezaban hasta aparecer cuerpos, niños
calcinados, migrantes ejecutados, madres buscando huesos con sus propias manos.
Pero esta no es solo la historia de García Luna, esta es la historia de FelipeCalderón, el presidente que llegó al poder con una elección rota,
apenas 0,58% de ventaja, y que 10 días después se puso una chamarra militar
demasiado grande para declarar una guerra que convertiría a México en un
cementerio abierto. Fue ignorancia, fue soberbia, fue complicidad. Calderón
siempre lo negó, pero los testimonios, las cartas, las advertencias militares y
el juicio de Brooklyn dejaron una pregunta clavada como bala en la memoria del
país. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, cómo una elección cuestionada
empujó a Calderón a necesitar una guerra. Segundo, ¿quién le advirtió desde
dentro del ejército que García Luna olía a Narco? Tercero, ¿por qué San
Fernando, guardería ABC y Casino Royal no fueron tragedias aisladas, sino
heridas de un mismo sistema?
Brooklyn
sobre el hombre que Calderón defendió hasta el final? Guarda esta frase, él lo
sabía todo. Porque cuando lleguemos al final, entenderás por qué esa frase ya
no suena como acusación política, sino como sentencia histórica. Todo comenzó
en Morelia, Michoacán, el 18 de agosto de 1962. No en una sierra llena de
soldados, no en una sala de audiencias de Brooklyn, no en una fosa clandestina.
Todo empezó en una casa donde la política no era una conversación de adultos,
era una religión familiar. Su nombre completo era Felipe de Jesús Calderón
y Josa, pero antes de convertirse en el presidente que sacaría al ejército a
las calles, fue el hijo menor de Luis Calderón Vega, un intelectual
católico, escritor, militante, conservador y uno de los fundadores del partido Acción Nacional en 1939. En esa casa, el PAN no era solo un partido, era una
causa, era una herencia, era una forma de mirar al país como si México
estuviera dividido entre los que podían salvarlo y los que iban a destruirlo.
Felipe creció respirando esa idea desde niño. Mientras otros niños jugaban en
las calles de Morelia, él repartía volantes, se subía a camionetas de campaña,
escuchaba discursos, veía a los adultos hablar de democracia, fraude,
sacrificio, patria. Imagínalo así. Un niño pequeño metido en mítines
donde todavía no entiende del todo las palabras, pero ya entiende la emoción, ya entiende que el poder no se pide, se conquista.
ya entiende que la política no perdona a los débiles y Calderón aprendió
rápido. Estudió derecho en la escuela libre de derecho, después economía en el
ITAM.
Después
llegó a Harvard, a la escuela Kennedy, donde los políticos latinoamericanos
aprenden a hablar el idioma perfecto del poder moderno. Democracia,
instituciones, seguridad, estado de derecho. Palabras limpias, palabras
elegantes, palabras que suenan bien en foros internacionales. Pero las palabras
no siempre revelan el alma de un hombre, a veces la esconden. Por fuera. Calderón parecía el candidato ideal de laderecha mexicana. Preparado, disciplinado, técnico, serio, el hijo de
una tradición política que había esperado décadas para gobernar. Pero detrás de
esa imagen de alumno brillante había una herida que nunca dejó de sangrar, la
necesidad de demostrar que él no era un accidente, que no era un heredero
pequeño de una historia grande, que no estaba destinado a vivir bajo la sombra
de su padre, ni bajo la sombra de Vicente Fox, ni bajo la sombra de
nadie. Y entonces llegó 2006, ese año lo cambió todo. La elección presidencial
más amarga del México moderno. De un lado, Andrés Manuel López Obrador, el
hombre que encendía plazas, que hablaba a los pobres, que prometía sacudir el
sistema. Del otro Felipe Calderón, el panista que intentaba venderse como la mano
firme, el hombre serio, el muro contra el caos. Pero la campaña no fue limpia,
fue una guerra antes de la guerra. Spots, miedo, acusaciones, frases diseñadas
para quedarse clavadas en la cabeza del país. López Obrador decían, "Era un peligro para México."
Un peligro. Guarda esa palabra. Porque años después, Calderón construiría toda
su presidencia alrededor de otra palabra parecida, enemigo. Pero antes de
llegar a Los Pinos hubo una mancha que nunca terminó de borrarse. El caso Hilde
Brando, el nombre del cuñado incómodo Diego Ilde Brando Zavala. Los
contratos, las sospechas, las bases de datos, las acusaciones de favoritismo.
El golpe llegó en el debate del 6 de junio de 2006, cuando López Obrador puso ese
nombre sobre la mesa y rompió la imagen de manos limpias que Calderón intentaba
proyectar.
Después
vino el resultado, 0,58%. Nada más una diferencia mínima. Apenas 243,934 votos
en un país de millones. Una victoria tan estrecha que no parecía una
coronación, sino una herida abierta. Las calles se llenaron. Reforma se volvió
campamento. El Zócalo se convirtió en tribunal popular. Medio país miraba a
Calderón no como presidente, sino como usurpador, como alguien que había llegado
por una rendija, no por una puerta abierta. Piensa en eso. Un hombre educado
para mandar, formado para sentirse heredero de una misión histórica, entrando
al poder mientras millones gritaban que no era legítimo. Esa clase de
humillación no desaparece, se transforma. Y Calderón necesitaba algo
más grande que una elección. Necesitaba una escena, una causa, un enemigo tan
poderoso que obligara a todos a mirar hacia otro lado. Necesitaba que
México dejara de hablar del 0,58% y empezara a hablar de guerra. 10 días
después apareció en Michoacán con una chamarra militar demasiado grande y ahí,
bajo esa tela verde que no le quedaba, empezó a nacer la decisión que
incendiaría al país. Porque a veces una guerra no empieza con una bala, a veces
empieza con un hombre desesperado por parecer legítimo.
El
11 de diciembre de 2007, diez días después de haber tomado posesión como
presidente de








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