¿Qué
ocurre cuando una mujer se casa con un hombre al que no ama, por darle gusto a
sus padres, y ese hombre resulta ser el dictador más poderoso de la historia de
México? ¿Acaso el deber puede convertirse con el tiempo en algo parecido al
amor? ¿Y qué queda de una esposa que no puede dar hijos, que en su época eso
era imperdonable, pero que logra hacer algo aún más difícil: domesticar al
viejo zorro de la guerra, enseñarle a comer con cubiertos y a no escupir en la
alfombra? En Oaxaca, después de casada, Carmelita tuvo que aprender a congeniar
con el temperamento reservado y las sencillas costumbres militares de Porfirio
Díaz. No era tarea fácil. El general había pasado la mayor parte de su vida en
campañas, durmiendo al raso, comiendo lo que hubiera, mandando a hombres que le
temían y le obedecían sin cuestionar. Ahora, una mujer joven, educada en la
buena sociedad, tenía que enseñarle modales. Los domingos, después de misa,
salía a pasear en carruaje con su marido. Visitaban su hacienda, La Noria, y las de algunas
amistades. Era una vida tranquila, ordenada, muy distinta del caos de las
batallas. En 1883, por fin pudieron hacer su viaje de bodas. No fue un viaje
cualquiera. Porfirio Díaz sería el delegado de México en la Exposición Internacional
de Saint Louis, Missouri. Aprovecharon para recorrer Estados Unidos. En un
viaje que duró diez semanas, recorrieron once mil millas, por mar y por tierra.
Visitaron Monterrey, San Antonio, Austin, Nueva Orleans, Pittsburgh, Chicago,
Búfalo, Niágara, Washington y Nueva York. Fueron invitados a veintiséis
recepciones formales y a otras tantas informales. Porfirio Díaz, que en México
era visto por muchos como un dictador sanguinario, logró en Estados Unidos el
reconocimiento como político y estadista. Además, consiguió importantes
convenios de inversión para México. Carmelita, a su lado, sonreía, conversaba,
encantaba a los anfitriones. Era la esposa perfecta para un hombre que
necesitaba lavar su imagen.
En Nueva York, decidieron visitar al exiliado
expresidente Sebastián Lerdo de Tejada. Lerdo era el padrino de Carmelita, el
hombre que la había cargado en brazos cuando era niña, el que la había visto
crecer. Pero también era el enemigo jurado de Porfirio Díaz, el hombre a quien
Díaz había derrocado en la batalla de Tecoac, el que llevaba cinco años
exiliado, viendo desde lejos cómo su país se transformaba bajo el mando de su
adversario. Carmelita le escribió una carta, hermosa y desgarradora, en la que
intentaba tender un puente: "Mi muy querido padrino: […] Si usted supiera
que bueno y generoso es mi marido, le perdonaría usted todos los males que
involuntariamente le ha causado. Él está deseoso de que usted vuelva a México,
tan deseoso como papá y mamá; sus enemigos lo calumnian presentándolo como un
hombre cruel y rencoroso, siendo el reverso, humanitario y generoso como pocos.
Hoy irán a verle, y como no dudo que usted los recibirá, ya me preparo yo para
tener la gran dicha de verlo y quizá volveremos juntos a México…" Sebastián
Lerdo de Tejada se negó a recibirlos. El rencor, esa herida que no cicatriza
con el tiempo, era más fuerte que el cariño que alguna vez le tuvo a su
ahijada. Nunca le perdonó a Carmelita que se hubiera casado con Porfirio Díaz.
Pero ella no se rindió. Insistió con otra carta, aún más íntima, aún más
reveladora: "Muy querido padrino: Si continúa usted disgustado con papá,
no hay motivo para que usted persista en estarlo conmigo. Sabe usted, mejor que
ninguno, que mi matrimonio con el general Díaz, fue obra exclusiva de mis
padres a quienes, por darles gusto, he sacrificado mi corazón, si sacrificio
puede llamársele el haber dado mi mano a un hombre que me adora y al que yo
solo correspondo con filial cariño… No temo que Dios me castigue por haber dado
este paso, pues el mayor castigo será tener hijos de un hombre a quien no amo;
no obstante, lo respetaré y le seré fiel toda la vida. No tienes nada, padrino,
que reprocharme. Me he conducido con perfecta corrección dentro de las leyes
sociales, morales y religiosas." Las cartas de Carmelita son un testimonio
estremecedor de lo que significaba ser mujer en el México del siglo XIX. No se
casó por amor. Se casó por obediencia. Y
aunque respetaba a su marido, aunque le era fiel, aunque aprendió a quererlo
con el tiempo, en el fondo de su corazón siempre hubo un vacío. El vacío de no
haber podido elegir. Para bien o para mal, Carmelita no pudo casarse con José
Martínez Negrete, el hombre de quien estaba enamorada. Quién sabe si hubiera
sido feliz en ese posible matrimonio. La vida es impredecible. Carmelita
resultó estéril, algo que en una mujer de esa época se consideraba
imperdonable. Una esposa que no podía dar hijos era una esposa fracasada,
aunque su marido fuera el presidente de la república. Quizá, con José, tampoco
hubiera tenido un largo matrimonio. Para cuando escribió aquella carta a su
padrino, José ya había fallecido, a la edad de veintiocho años, durante la
epidemia de fiebre amarilla que asoló el puerto de Mazatlán. El amor de su vida
había muerto joven, sin que ella pudiera despedirse. El destino, a veces, es
cruel de maneras que ni la poesía puede explicar. Carmelita
no pudo tener hijos, pero aceptó a los tres hijos del general Díaz, que tenían
catorce, ocho y seis años de edad. Y adoptó como hijo al propio general Díaz.
Porque eso hizo realmente: lo adoptó. Le enseñó a subir las escaleras sin
correr, a comer con cubiertos, a no hablar mientras masticaba los alimentos y a
no escupir en la alfombra. También le recortó el bigote y le blanqueó el color
de la piel, evitando que se expusiera demasiado al sol. La mujer que no pudo
ser madre se convirtió en la madre de su propio marido. Y él, el hombre más
poderoso de México, el que había derrotado a ejércitos enteros, el que había
gobernado con mano de hierro durante décadas, se dejó domesticar. No por amor,
quizás, sino por algo más profundo: la necesidad de tener a alguien que lo
cuidara. Si bien no tuvieron hijos, los unió algo quizá superior al amor:
"Ser la pareja que mostraba a México y al mundo lo que era la estabilidad
matrimonial". En una época donde los políticos cambiaban de esposas como
de camisa, Porfirio Díaz se mantuvo fiel a Carmelita. Todo hace suponer que
fueron felices a pesar de la diferencia de edades. Porque el general Díaz, que
en su juventud había tenido amoríos pasajeros, después de casarse con
Carmelita, ya no tuvo otros. No se sabe si fue por fidelidad o por cansancio.
Pero el hecho es que se convirtió en un esposo ejemplar. Carmelita acompañó a
don Porfirio al destierro. Cuando la Revolución estalló y el viejo dictador tuvo que
huir de México, ella no lo abandonó. Fue con él a París, donde vivieron sus
últimos años en el exilio, lejos de todo el poder que habían acumulado. Y
estuvo presente a la hora de su muerte. Escribió después, con el dolor de quien
ha perdido a su compañero de toda una vida: "Cuando le cerré los ojos y lo
besé por última vez, creía morir también. Realmente el corazón sucumbiría al
dolor si no sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan
sólo pasajera ausencia." No era el amor apasionado de los poemas. Era algo
más sólido, más terrenal. Era el amor que nace de compartir la vida, las penas,
las alegrías, las derrotas. Era el amor de una mujer que se casó sin amar y
que, con el tiempo, aprendió a querer. No a la manera de las novelas, sino a la
manera de la vida real. Ella regresó a México veinte años después. Murió el 25
de junio de 1944, a
una edad avanzada, habiendo sobrevivido al general por casi tres décadas. En
sus últimos años, vivió tranquila, recordando quizás aquellos domingos en
Oaxaca, aquellos paseos en carruaje, aquel hombre de bigote recortado que
aprendió a comer con cubiertos por ella. La historia de Carmelita es la
historia de una mujer que no pudo elegir a quien amar, pero que supo construir
un amor donde otros solo habrían encontrado resignación. No fue la esposa
apasionada de los cuentos románticos. Fue algo más valioso: fue una compañera
leal, una madre adoptiva, una civilizadora de caudillos. Y aunque la historia
recuerda a Porfirio Díaz como dictador, a ella la recuerda como la mujer que,
sin aspavientos, sin discursos, sin reclamar nunca su lugar, logró humanizar al
hombre más temido de su tiempo. Eso, quizás, es un poder más sutil pero no
menos real que el de gobernar un país.
El
pueblo mexicano le llamaba Carmelita su acta de nacimiento la reconocía como
María Fabiana Carmen Romero Rubio y Castelló, para 1881 a este nombre se le
agrego de Díaz. Carmelita pertenecía a una acaudalada familia con abolengo en
su apellido, su padre era Manuel Romero Rubio mano derecha de Sebastián Lerdo
de Tejada y por ello aspirante a la Presidencia de México sin embargo ese plan se vio
truncado cuando el general Porfirio Díaz encabezando el Plan de Tuxtepec
desconoció y depuso el gobierno de Lerdo de Tejada en 1876, acompañado por su
familia Manuel Romero Rubio marcho al exilio junto con Sebastián Lerdo de
Tejada se establecieron en Estados Unidos, ahí creció Carmelita junto con sus
hermanas Sofía y María Luisa, estudio en los mejores colegios tenia pulcros
modales, gozaba de un gran conocimiento de música y el arte y dominaba el
inglés y el francés era una joven ejemplar que siguió cultivando en el país
vecino por algunos años más, mientras tanto en México en abril de 1880 el
presidente Porfirio Díaz sufrió la pérdida de su primer esposa Delfina Ortega
Díaz quien además era su sobrina, su matrimonio había durado 13 años, un año
después del fallecimiento de Delfina , Díaz conoció a Carmelita en un evento de
la Embajada
Estadounidense y vio en ella a su próxima esposa, la joven
comenzó como maestra de inglés dando clases a don Porfirio pero Díaz más que
mostrar interés sobre la clase de inglés se dedicó a cortejarla, Carmelita de
17 años, don Porfirio de 51 no importo la edad no importa ni que su futuro
suegro fuera enemigo político más allá de eso Díaz intuyo, planeo o sabrá Dios
que esa relación pudiera ser de utilidad para la pacificación del país, cuando
don Porfirio se casó con Delfina Ortega en 1867 tenía sitiada la ciudad de
Puebla y no puso acudir a la boda civil y Díaz envió un representante.
Carmelita en cambio no tuvo que padecer de alguien que no fuera Porfirio Díaz y
firmaron juntos el acta de matrimonio el 5 de noviembre de 1881. Carmelita no
se convirtió en primera dama sino hasta 1884, pues en ese entonces gobernaba el
país Manuel González Flores, el compadre de don Porfirio, Díaz regreso al poder
cuando termino el periodo presidencial su compadre, Díaz empezó a gobernar
desde 1 de diciembre de 1884 hasta el 25 de mayo de 1911.
Carmen
Romero Rubio fue la primera Dama del País además fue una madre para; Amada, Luz
y Porfirio estos dos últimos los hijos que el general tuvo con Delfina y Amada
hija de Rafaela Quiñones una soldadera, pues Carmelita nunca tuvo hijos
propios, influyo además en la conducta de su marido lo pulió con sus buenas
costumbres le enseño excelentes modales, le maquillaba el rostro con polvos de arroz,
lo vestía con los colores de moda de estilos afrancesados, la pareja
presidencial impone modas, a pesar de su corta edad durante tres décadas,
Carmelita tuvo que ver mucho en la entrada del país de las culturas y las
artes, dice la leyenda que don Porfirio mando construir el Teatro Nacional, y
los trabajos de su construcción iniciaron en 1904 el hoy flamante Bellas Artes
de la ciudad de México por influencia de su amada esposa. Carmelita acompaño en
el exilio a don Porfirio y lo cuido en sus últimos días, al morir su esposo en
1915, ella permaneció en Francia hasta que el movimiento revolucionario se
calmó pues como figura política podría no simpatizar con muchos personajes,
regreso a México en 1931 y se estableció su residencia en la calle Quintana Roo
de la colonia Roma de la ciudad de México hasta que falleció en 1945 a los 80 años de edad.
Cuando
Carmelita regresó a México en noviembre de 1934 después de casi veintitrés años
de exilio, se instaló en una casa de la colonia Roma en la calle de Tonalá,
prestada por su sobrina Teresa Castelló. Era una casa cómoda pero pequeña. Nada
que ver con los salones de Chapultepec donde había recibido a presidentes y
emperadores con vajilla de Limoges y champagne Veuve Clicquot. Habiendo vendido
o arrendado gran parte de las propiedades que su padre heredara a ella y a sus
hermanas, la viuda de Díaz debió ajustarse a un modo de vida bastante modesto,
pues sus ingresos mensuales apenas oscilaban entre los 3,000 y los 5,000
francos. La Gran
Depresión de 1929 había destruido las inversiones que sus
hermanas administraban desde México. Lo que quedaba no alcanzaba para vivir
como lo que había sido. La habitación donde recibía a las visitas estaba llena
de retratos de Don Porfirio, de su uniforme de gala enmarcado, de las medallas
y los objetos personales que había cargado desde París. Era un museo privado
del hombre que amó y del régimen que lo perdió todo. Poco a poco, sin escándalo
y sin quejarse con nadie, fue vendiendo los muebles que había traído de Europa.
Primero los menos significativos. Luego los que tenían historia. A partir de
que cerró los ojos a Porfirio por última vez, mantuvo el luto de por vida,
guardando el recuerdo luminoso del general Díaz, según la describió el
periodista Nemesio García Naranjo. Murió el 25 de junio de 1944, a los 80 años, en esa
misma casa de la colonia Roma. Todos los periódicos le dedicaron la primera
plana. La enterraron en el Panteón Francés. El último mueble que vendió, nadie
lo registró.
En
abril de 1912, once meses después de haber salido de México en el Ypiranga,
Carmelita y yo visitamos Madrid. El rey Alfonso XIII nos recibió en el Palacio
de la Zarzuela,
donde se reunió con distintos diplomáticos y nobles que le ofrecieron terrenos
y propiedades para que pasara el resto de sus días en la península. La prensa
española me preguntó si tenía alguna intención de quedarme a vivir en España.
Respondí que tal vez en Barcelona. Nunca se consolidó. Lo que nadie en los
periódicos madrileños mencionó con suficiente énfasis es el detalle que
convierte esa visita en algo más que una cortesía diplomática: la madre del rey
Alfonso XIII era María Cristina de Habsburgo, familiar del segundo emperador de
México. El mismo apellido. La misma casa imperial. El rey que me recibía en
Madrid era sobrino político del archiduque al que yo había contribuido a
derrocar y cuya ejecución en el Cerro de las Campanas había sellado la
restauración de la República
que me dio mi carrera. El 3 de abril de ese mismo año, don Porfirio y su esposa
Carmen Romero Rubio fueron invitados a un banquete en honor a Díaz en el
Palacio de Oriente de Madrid, España, presidido por el rey de España. Esa misma
temporada viajamos a Alemania. Al percatarse de la presencia del dictador en el
desfile militar de Mainz, el káiser Guillermo II lo invitó a subir a la tribuna
y ser el mariscal del desfile. Le reclamó no haber avisado su visita para
recibirlo con honores. Hablamos casi una hora. Yo, que nunca aprendí inglés con
fluidez ni francés con acento convincente, conversando con el Káiser del
Imperio más moderno de Europa. El hombre que la Revolución expulsó de
México fue recibido por dos de los hombres más poderosos del mundo como si
siguiera siendo alguien. Carmelita escribió: "Porfirio tiene la creencia
de que cuando se calmen las pasiones y llegue a juzgarse con absoluta frialdad
a los hombres y las cosas de México, la verdad acabará por abrirse paso."
Murió en París tres años después sin que las pasiones se calmaran. La verdad,
según cada quien, sigue abriéndose paso.
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