Por; Jesús Hoyos Hernández//Nacional//Análisis//Política//Opinión//Efemerides//Relatos//
Adiós
mamá carlota (muerte de la emperatriz de México)
“…el
invierno de 1927 fue inusualmente frío en el norte de Europa. A principios de
noviembre de 1926 […] Carlota se enfermó de una ‘leve’ congestión pulmonar que
le dejó molestias […] A partir de entonces ya no pudo caminar sin ayuda. Segura
de que vivía sus últimos días, ordenó que cerraran la puerta que daba al
recibidor donde colgaba el retrato de Maximiliano: ‘Es lo que él hubiera
querido’, dijo. Pasó el año nuevo con breves visitas de su familia y en enero
volvió a enfermarse de congestión pulmonar. El día 15 se despertó entumecida,
sin poder mover el brazo derecho. Casi no podía hablar, pero aún abría los
ojos. Estuvo postrada en un diván desde el sábado; solamente pidió que le
dieran champaña; no comió ni bebió otra cosa. El domingo perdió la conciencia y
ya no fue posible llevarla a su cama. El martes su salud empezó a colgar de un
delgado hilo. El médico diagnosticó neumonía; se debilitó su ritmo cardíaco y
comenzó a tener dificultades para respirar. De inmediato se dio aviso a la
familia real. A Bouchout llegaron el rey Alberto y la princesa Clementina para
acompañarla a recibir la extremaunción. En la noche llegó de París la reina
Elisabeth. Carlota estuvo tres días más en agonía. A las siete de la mañana del
19 de enero de 1927 dio su último aliento. A su lado estaban sus familiares.
‘Todo esto ya terminó y no habrá éxito’, fueron sus últimas palabras. Tenía 87
años…”.
“…un
fotógrafo oficial capturó su quebradiza figura en el lecho de muerte, con una
expresión de profundo cansancio. Un gorro claro cubre su cabeza y sostiene su
mandíbula. Está toda vestida de blanco y sostiene un rosario entre sus dedos
entrelazados. A la altura de sus rodillas, encima de la cubierta de encaje, hay
un ramo de flores…”.
“…se
abrieron las puertas del castillo y se anunció a la población de Meise que la
primera princesa de Bélgica había muerto, para que desfilaran junto a su lecho
y le dieran el último adiós. Al día siguiente se ofició una misa en la capilla
de Bouchout, y dos días más tarde, el 30 de enero, se llevó a cabo el entierro
con todos los honores. En cuanto el cortejo fúnebre salió del castillo con el
ataúd de Carlota, se desató una tormenta de nieve. La gente murmuró sobre las
leyendas de la dama blanca que aparecía cada vez que moría alguien de la
familia de los Habsburgo. Hasta el castillo llegó un pequeño destacamento de
soldados cargados de años que habían acompañado a la emperatriz a México,
conducidos por un general Mory. Los viejos integrantes de la guardia de la
emperatriz depositaron unas flores en el carruaje que trasladaría el cuerpo
hasta la iglesia de Laeken. En la capital había filas de soldados por donde iba
pasando, y a pesar del clima se formó una multitud que se descubría la cabeza.
Toda la ciudad se había blanqueado con el manto de la nieve, formando un
elegante contraste con el negro de los dolientes y los soldados belgas con
cascos de la Primera
Guerra Mundial…”.
“…la
primera ceremonia en la capilla de Laeken fue privada. Asistieron el rey y la
reina, algunas sobrinas, el príncipe Leopoldo y su esposa Astrid, las princesas
María José, Clementina y Enriqueta, miembros de la corte, funcionarios de
Estado, militares y diplomáticos que, al fondo, murmuraban sobre los derechos
sucesión y el dinero de la difunta. De ahí el féretro fue arropado para llevarla
a su lugar de entierro, la iglesia de Notre Dame, a donde acudió todo el
pueblo. El ataúd estaba cubierto por dos banderas: una de Bélgica y una de
México. Durante muchos años antes de ese momento de liberación, la gente
aseguró que Carlota llevaba tiempo lúcida, y que su hermano la había tenido
encerrada en contra de su voluntad. Sobre ella plasmaron leyendas, deseos,
frustraciones y hasta la devoción de la gente, especialmente después de su
muerte. Pero los testimonios de los médicos son inequívocos: aunque tenía
periodos de luminosidad, las tinieblas de su cabeza fueron más espesas que los
esporádicos claros del sol. En uno de esos momentos de cordura, le preguntó al
gobernador militar a cargo de Bouchout: ‘Soy completamente libre, ¿verdad’. El
hombre, con impecable uniforme, la miró a los ojos por unos segundos y
finalmente respondió: ‘Ciertamente lo es, Su Majestad’. Esta vez era verdad…”.
Fuente:
"60 años de soledad: la vida de Carlota después del imperio mexicano
1867-1927" de Gustavo Vázquez Lozano.
“…el
invierno de 1927 fue inusualmente frío en el norte de Europa. A principios de
noviembre de 1926 […] Carlota se enfermó de una ‘leve’ congestión pulmonar que
le dejó molestias […] A partir de entonces ya no pudo caminar sin ayuda. Segura
de que vivía sus últimos días, ordenó que cerraran la puerta que daba al
recibidor donde colgaba el retrato de Maximiliano: ‘Es lo que él hubiera
querido’, dijo. Pasó el año nuevo con breves visitas de su familia y en enero
volvió a enfermarse de congestión pulmonar. El día 15 se despertó entumecida,
sin poder mover el brazo derecho. Casi no podía hablar, pero aún abría los
ojos. Estuvo postrada en un diván desde el sábado; solamente pidió que le
dieran champaña; no comió ni bebió otra cosa. El domingo perdió la conciencia y
ya no fue posible llevarla a su cama. El martes su salud empezó a colgar de un
delgado hilo. El médico diagnosticó neumonía; se debilitó su ritmo cardíaco y
comenzó a tener dificultades para respirar. De inmediato se dio aviso a la
familia real. A Bouchout llegaron el rey Alberto y la princesa Clementina para
acompañarla a recibir la extremaunción. En la noche llegó de París la reina
Elisabeth. Carlota estuvo tres días más en agonía. A las siete de la mañana del
19 de enero de 1927 dio su último aliento. A su lado estaban sus familiares.
‘Todo esto ya terminó y no habrá éxito’, fueron sus últimas palabras. Tenía 87
años…”.
“…un
fotógrafo oficial capturó su quebradiza figura en el lecho de muerte, con una
expresión de profundo cansancio. Un gorro claro cubre su cabeza y sostiene su
mandíbula. Está toda vestida de blanco y sostiene un rosario entre sus dedos
entrelazados. A la altura de sus rodillas, encima de la cubierta de encaje, hay
un ramo de flores…”.
“…se
abrieron las puertas del castillo y se anunció a la población de Meise que la
primera princesa de Bélgica había muerto, para que desfilaran junto a su lecho
y le dieran el último adiós. Al día siguiente se ofició una misa en la capilla
de Bouchout, y dos días más tarde, el 30 de enero, se llevó a cabo el entierro
con todos los honores. En cuanto el cortejo fúnebre salió del castillo con el
ataúd de Carlota, se desató una tormenta de nieve. La gente murmuró sobre las
leyendas de la dama blanca que aparecía cada vez que moría alguien de la
familia de los Habsburgo. Hasta el castillo llegó un pequeño destacamento de
soldados cargados de años que habían acompañado a la emperatriz a México,
conducidos por un general Mory. Los viejos integrantes de la guardia de la
emperatriz depositaron unas flores en el carruaje que trasladaría el cuerpo
hasta la iglesia de Laeken. En la capital había filas de soldados por donde iba
pasando, y a pesar del clima se formó una multitud que se descubría la cabeza.
Toda la ciudad se había blanqueado con el manto de la nieve, formando un
elegante contraste con el negro de los dolientes y los soldados belgas con
cascos de
“…la
primera ceremonia en la capilla de Laeken fue privada. Asistieron el rey y la
reina, algunas sobrinas, el príncipe Leopoldo y su esposa Astrid, las princesas
María José, Clementina y Enriqueta, miembros de la corte, funcionarios de
Estado, militares y diplomáticos que, al fondo, murmuraban sobre los derechos
sucesión y el dinero de la difunta. De ahí el féretro fue arropado para llevarla
a su lugar de entierro, la iglesia de Notre Dame, a donde acudió todo el
pueblo. El ataúd estaba cubierto por dos banderas: una de Bélgica y una de
México. Durante muchos años antes de ese momento de liberación, la gente
aseguró que Carlota llevaba tiempo lúcida, y que su hermano la había tenido
encerrada en contra de su voluntad. Sobre ella plasmaron leyendas, deseos,
frustraciones y hasta la devoción de la gente, especialmente después de su
muerte. Pero los testimonios de los médicos son inequívocos: aunque tenía
periodos de luminosidad, las tinieblas de su cabeza fueron más espesas que los
esporádicos claros del sol. En uno de esos momentos de cordura, le preguntó al
gobernador militar a cargo de Bouchout: ‘Soy completamente libre, ¿verdad’. El
hombre, con impecable uniforme, la miró a los ojos por unos segundos y
finalmente respondió: ‘Ciertamente lo es, Su Majestad’. Esta vez era verdad…”.
Fuente:
"60 años de soledad: la vida de Carlota después del imperio mexicano
1867-1927" de Gustavo Vázquez Lozano.








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