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domingo, 29 de septiembre de 2019

LA FURIA ICONOCLASTA Y LOS ESQUELETOS ENJOYADOS. La iglesia y Martín Lutero



Inicio con las guerras religiosas europeas desarrolladas entre 1524 al 1697, propiciadas por el reformador de la iglesia, Martín Lutero.







LA FURIA ICONOCLASTA Y LOS ESQUELETOS ENJOYADOS.

La iglesia y Martín Lutero

LAS GUERRAS RELIGIOSAS

Para explicar este segmento histórico y el titular que le hemos asignado, tendremos que remontarnos al tiempo de las “guerras religiosas europeas” desarrolladas entre 1524 al 1697, surgidas entre varios países luego de la Reforma Protestante iniciada por el monje agustino Lutero en la Alemania del siglo XVI, que llevó a un cisma de la Iglesia Católica tanto en la Europa occidental como del norte de Europa. Para Martín Lutero las indulgencias eran una estafa y un engaño a los creyentes con respecto a la salvación de sus almas, por lo que decidió clavar en la puerta de la Iglesia de Wittenberg sus 95 tesis, arriesgando ser declarado hereje y arder en la hoguera santa.

Estas ideas remecieron Europa y se potenciaron con el advenimiento de la imprenta, provocando rivalidades entre los reinos que adoptaron su opción religiosa, derivando en contiendas entre católicos y protestantes que tuvieron como sesgo fundamental el ataque a sus templos y la destrucción por parte de diversas sectas del protestantismo, como los calvinistas y otros grupos anabaptistas, compuestos en general, por miles de ex católicos o credos dentro del cristianismo, perseguidos y exterminados a lo largo y ancho de Europa por el papado como cismáticos y herejes, mediante bulas, y cruzadas, que ahora, despertaban al llamado de Lutero.

El 3 de enero de 152. El papa  León X excomulga a Martín Lutero el gran reformador de la iglesia, por considerarlo un hereje.

Esta reacción de estas sectas e individuos, cuya gran batalla era conseguir la separación del pacto y virtual sociedad Iglesia y Estado, que resultaba en la supremacía e inmunidad del Papado, que fue la característica del dominio papal durante el llamado Imperio Romano de Occidente, se manifestó en ataques a las iglesias por turbas radicales que destruían las imágenes religiosas, decoraciones, piezas de arte, íconos y todo aquello que se consideró una herejía, un acto de idolatría intolerable y una adulteración de los Diez Mandamientos y del mandato de Cristo, por parte de la religión Católica.

Esto significó prácticamente un estado de guerra interna en cada uno de los Estados europeos, con intervención de los organismos policiales o militares, sea para disolver estas manifestaciones populares y espontáneas contra la tiranía de la iglesia, o bien, para colaborar con ella para proteger sus bienes e intereses. El resultado de estos ataques, fue   
el desmantelamiento de la mayoría de los templos católicos  resultando sus imágenes, cuadros, vitrales e íconos y toda representación referida a la adoración de su culto, destruidas e incineradas públicamente, fenómeno que pasó a la historia como Furia iconoclasta o Beeldenstorm, traducido del neerlandés como “tormenta de las estatuas”, donde también resultaron damnificados conventos, iglesias y catedrales, así como muchísimos asesinatos de monjas y sacerdotes.

Los calvinistas creían que las iglesias tenían que ser purificadas de las supersticiones papales; las imágenes de los santos fueron pisoteadas y luego quemadas en público, las obras maestras de famosos pintores fueron destruidas, así como toda iconografía. Al “limpiar” las iglesias de imágenes y estatuas de santos y de costosas obras pictóricas, destruir los altares ostentosos y privarlos del innoble lujo dorado considerados signos de corrupción, los calvinistas pensaban que podían restaurar el verdadero significado de la fe cristiana.

Estas guerras religiosas, que produjeron gran mortandad y pobreza, tuvieron su origen probablemente en la profunda crisis que sufría la Iglesia Católica debido a la difusión de las ideas humanistas en Europa, que denunciaba las riquezas de la iglesia, los privilegios fiscales de las propiedades eclesiásticas, la forma de vida ostentosa y el libertinaje de la curia; la aplicación escandalosa de las indulgencias y su erróneo concepto astronómico en base a la Biblia de que la tierra estaba inmóvil y era el centro del universo, alrededor de la cual giraban el resto de los planetas, enseñanza obligatoria en sus universidades, contra la que muchos sabios y hombres cultos, dentro y fuera de la Iglesia, discrepaban.

Se dudaba y había duras críticas al papado y la iglesia, porque las sociedades europeas se habían dado cuenta que el Papado tenía un poder excesivo superior a los reyes y controlaba las actividades económicas, llegándose a poner en duda incluso la legalidad de la jurisdicción del Papa sobre toda la cristiandad y su derecho divino, que utilizaba para conseguir en una mano el poder espiritual y temporal que hasta ese momento, era una imposición hegemónica e inquebrantable del Papado.

Tales guerras, que no fueron pocas y fueron sumando diversos otros factores de divergencia, como límites administrativos, fronteras, derechos civiles y otras libertades públicas, transformaron no solo la geografía europea, sino que determinaron los sistemas políticos, sociales, económicos y religiosos que se dieron sus países y reinos, conformándose distintos bloques de poder.

Así ocurrió con la llamada Guerra de los Campesinos Alemanes (1524-1525; O la Guerra de Kappel en Suiza (1529 y 1531;También con la Guerra de Esmalcalda (1546-1547) en el Sacro Imperio Romano Germánico; La Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) en los Países Bajos; Las Guerras de Religión de Francia (1562-1598); La Guerra de los Treinta Años (1618-1648 que afectó al Sacro Imperio Romano Germánico, incluidos los conflictos en Austria y Bohemia, Francia, Dinamarca y Suecia.

Las Guerras de Los Tres Reinos (1639- 1651), que afectó a Inglaterra, Irlanda y Escocia; La Reforma Escocesa y las Guerras Civiles; La Reforma Anglicana y la Guerra Civil; Las Guerras Confederadas de Irlanda y la Conquista de Irlanda por Cromwell y la Guerra de los Nueve Años.

Pues bien, después de este desastroso período que dejó una Europa dividida, pobre y transformada, pero libre para algunos de sus países, de la ominosa tiranía espiritual y económica por parte del Papado, la Iglesia Católica, golpeada en aquello que más le dolía, perder los impuestos con que gravaba a todos los reinos europeos; el control de la educación escolar, media y universitaria y ver mermada su autoridad espiritual y temporal con que dominaba la política, los negocios y a los mismos reyes de tales estados, se recogió sobre sí misma y porfiadamente emprendió una reestructuración interna, pero sin aceptar sus errores, las razones y argumentos puestos de relieve por Lutero y los otros reformistas, como los escándalos de simonía, el negocio de las indulgencias y las tropelías e inmoralidad del clero, con la justificación por la fe. Igualmente hizo caso omiso a las causas que provocaron el cisma que mermó casi el cuarenta por ciento de sus fieles,  que se desafectaron del catolicismo y se incorporaron mayoritariamente a los grupos religiosos reformistas.

Por el contrario, desde una trinchera revanchista y obtusa, se alineó y puso todos sus recursos en combatir los cambios culturales, científicos y de apertura al resto del mundo que proponía el nuevo período del Renacimiento; desconoció el debilitamiento de la Iglesia y desde el Concilio Ecuménico de Trento iniciado en 1545 hasta 1563, el más largo de su historia, pasando por el pontificado del Papa Pío IV en 1560 hasta el fin de la guerra de los treinta años que finalizó en 1648, dieron paso a la renovación de su doctrina en base a una reestructuración eclesiástica más combativa, para evitar el avance del protestantismo y recuperar los espacios perdidos, reafirmando las premisas fundamentales de la Iglesia medieval.

Así, centraron sus esfuerzos en la fundación de seminarios para disciplinar a sus huestes, creando milicias u órdenes religiosas como los capuchinos, carmelitas descalzos, ursulinas, teatinos, paulistas o jesuitas, para consolidar el trabajo de las parroquias locales.



Ello devino en cambios de la liturgia, con misas en el idioma natal y no en latín, un rito unificado conocido como Misa Tridentina, bajo un misal que lo regula; se definió la eucaristía dogmáticamente como un auténtico sacrificio expiatorio en que el pan y el vino se transformaba en la carne y sangre auténticas de Cristo; se buscó dar mayor poder al Papa y convertirlo en una especie de semidiós infalible;  se instauró el canto gregoriano, evitando la polifonía de coros y música no sacra; se buscó llevar el arte a las iglesias con la aplicación de la decoración barroca; se reestructuraron las celebraciones festivas para lo que se intentó reformar el calendario Juliano, desfasado en diez días.

Otra creación de esta Contra Reforma fue la puesta en marcha de la fatídica Santa Inquisición, planificada específicamente para socavar y destruir todo conato de las religiones monoteístas de la competencia religiosa, el islam, el judaísmo y el protestantismo, que desde ese mismo instante fueron condenadas como infieles; brazo armado de la Iglesia, con poderes que traspasaban los religiosos y se enquistaban en la legislación penal de los reinos, con el objeto de juzgar y condenar sin contrapeso todo ataque al catolicismo y convertir en delitos de Estado todo aquello que los Concilios planificasen como estrategia para desmantelar tales credos a través de todo el planeta y así, imponer su supremacía mundial y poder lanzarse a la conquista de nuevos territorios.

En especial,  y en relación a estas reliquias e imágenes sagradas profanadas por el protestantismo en toda Europa, el Concilio de Trento en 1563,  trató en la sesión XXV latamente el tema, explicitando en uno de sus párrafos que:
“Instruyan también a los fieles que deben venerar los santos cuerpos de los santos mártires, y de otros que viven con Cristo, que fueron miembros vivos del mismo Cristo, y templos del Espíritu Santo, por quien han de resucitar a la vida eterna para ser glorificados, y por los cuales concede Dios muchos beneficios a los hombres; “de suerte que deben ser absolutamente condenados, como antiquísimamente los condenó, y ahora también los condena la Iglesia”, los que afirman que no se deben honrar, ni venerar las reliquias de los santos, o que es en vano la adoración de estas y otros monumentos sagrados que reciben los fieles; y que son inútiles las frecuentes visitas a las capillas dedicadas a los santos con el fin de alcanzar su socorro.”

Así, este Concilio anatemizaba a los autores de esta destrucción de sus iglesias, reliquias e imágenes y confirmaba la doctrina de que es correcto venerar los cuerpos de los mártires y de los santos, así como las reliquias en general.
Entre las medidas de corto plazo, estaba la reposición de las sagradas reliquias a las iglesias europeas damnificadas, en cumplimiento al Canon 1237, # 2 que  expresa “que debe observarse la antigua tradición de colocar bajo el altar fijo reliquias de los Mártires o de otros Santos, según las normas establecidas en los libros litúrgicos”. Estas instrucciones calaron profundamente en la cúpula eclesiástica, que buscaba una forma novedosa y potente, para recuperar el decaído ánimo de sus huestes y fortalecer el culto de sus iglesias europeas damnificadas.

En 1578, mientras se realizaban trabajos en el subsuelo de Roma, unos obreros descubren  un largo túnel y luego unas cavernas repletas de esqueletos humanos. Años después cuando el arqueólogo GB de Rossi comunicó al Papa Pío IX que se habían encontrado las tumbas de varios antiguos papas, el pontífice no le creyó, pero las inscripciones en las tumbas no dejaban lugar a dudas. La Iglesia, conmocionada por tal hallazgo, determina sin excesivo rigor, que tales cadáveres depositados en las galerías subterráneas son sin duda restos de mártires de la época romana, por lo que toman todas las medidas para apropiarse de tales descubrimientos y sus cúpulas dirigentes idean reemplazar las reliquias destruidas en sus iglesias europeas con estos esqueletos sagrados, ya que corresponden a sus mártires y santos sacrificados según afirman, en los circos romanos, de orden de los Emperadores que odiaban al cristianismo. El problema era, cómo identificar entre estos miles de cadáveres y restos polvorientos que yacían allí por tantos siglos, y cuáles eran realmente los cristianos, ya que no existía señal alguna que pudiera identificarlos.

No tardó en venir la solución, los exorcistas eclesiales, afirmaron que el Espíritu Santo y la aplicación de agua bendita en las antiguas tumbas, haría brillar el resplandor áureo del alma de los martirizados y santos, distinguiéndolos del resto, en esas oscuras cavernas. Otros sistemas de identificación hablaban que tales mártires podían ser identificados claramente por el etéreo resplandor dorado que emitían en la oscuridad sus restos benditos, así como el aroma delicioso que sus cuerpos desprendían, a diferencia de los mortales comunes, lo que motivó la contratación de físicos expertos para estas prospecciones.

También, se encontraron muchas tumbas marcadas con la letra M, que seguramente significaba alguien llamado Marcos u otro nombre. Pero los iluminados presbíteros, insistían que ello significaba simplemente Mártir, por lo que todos estos fueron escogidos, sin mayor examinación.
Para otros, cualquier sedimento deshidratado en los huesos, que se tomaba por sangre seca, indicaba santidad. El otro problema era la identificación de los santos y el nombre de los mártires. Tal monumental tarea fue encomendada por el papado a prestigiados síquicos, mentalistas y clarividentes cuidadosamente seleccionados, que pasaban horas meditando en las galerías de estas catacumbas llenas de tumbas, hasta que sus esfuerzos eran recompensados y corrían a señalar un esqueleto afirmando este era sin duda un hombre de Dios, para luego de otros minutos de concentrada meditación,  dar con el nombre y cargo que el esqueleto escogido tuvo en vida. También los papas, a lo menos hasta el siglo X, fueron considerados clarividentes y tenían el poder de identificar tanto a un santo como a un mártir.

Este proyecto fue unánimemente aceptado y una gran cantidad de estos restos óseos, escogidos como los más completos y adecuados para conseguir el engaño maestro, fueron embalados cuidadosamente, provistos de una certificación escrita y firmada, tal vez una Bula, donde la Iglesia los reconoce como mártires o santos y avala que los ha identificado pertinentemente. Estos esqueletos son enviados a Suiza, Alemania y Austria especialmente, como también a otros países que luego se los requirieron, así como a comerciantes particulares, museos, autoridades y gobiernos, que los compran a buen precio como reliquias familiares y objetos de precioso culto.

Una vez en su destino, y no cabe duda que por instrucciones expresas del Papado, los rectores católicos de tales jurisdicciones, proceden a vestir regiamente a estos esqueletos, con la intención de impresionar a los fieles y en particular a los protestantes, para hacer ver la inclaudicable pujanza de la Iglesia Católica y para representar la riqueza y suntuosidad que reciben en el Paraíso católico los servidores del Señor, relacionando estos cadáveres con la descripción de la Jerusalén celestial, repleta de joyas, que se hace en el Libro de las Revelaciones. Tales cadáveres y esqueletos de la antigua Roma, exhumados en sus catacumbas ilegalmente y bajo nombres ficticios fueron enviados entre los siglos XVI y XIX desde el Papado de Roma a Centroeuropa como reliquias genuinas de santos y mártires.

Una vez en esas tierras, los Obispos europeos encargan a los conventos de monjas, ya que tales restos deben ser manipulados por manos santificadas, para que procedan a conseguir de la comunidad los recursos y joyas con que deben adornarlos para luego exhibirlos en el altar, a los pies de Jesucristo. Esta tarea fue industriosa y larga, ya que algunos de estos esqueletos demoraron hasta cinco años para poder exhibirse, ya que tales preciosos restos no podían ser cubiertos sino con los metales más valorados y las telas más suntuosas de la tierra.

Finalmente, cientos de estos esqueletos, sino miles, empezaron a engalanar las catedrales e Iglesias más importantes de Europa durante tres siglos, dando origen a cultos y alabanzas especiales, ya que cada una de ellas competía por tener el santo más importante y portador de las más finas joyas. Y no solo eso, sino quien tenía más mártires y santos connotados en su Catedral o Basílica.



Aun hoy, nos dice Paul Koudounaris, en la Catedral alemana de Waldsassen se encuentran doce de estos esqueletos en exposición, constituyendo la más selecta exposición de esqueletos enjoyados que existe. Es como la Capilla Sixtina de la Muerte, para adorar un esqueleto sagrado cada mes del año.

Además, se hicieron muy famosos porque la gente los adoraba y ofrendaba sacrificios y peticiones, paseándolos en romerías públicas por la ciudad, en la idea que tales embajadores componían el círculo más íntimo de Jesús en el séptimo cielo y por lo tanto eran milagrosos y capaces de interceder ante Dios. Durante estos siglos fueron cientos de miles los fieles engañados, que de buena fe peregrinaron a estas catedrales, pusieron romerías, ofrendas y mandas y se encomendaron a estos santos enjoyados con oro y piedras preciosas.

Así nos lo cuenta Paul Koudounaris, apodado el cazador de reliquias, historiador de arte norteamericano, fotógrafo y autor de su famoso libro “Cuerpos Celestiales” publicado en 2013, quien tiene el mérito de ser su re descubridor, ya que sabiendo que en el siglo XIX, tales esqueletos debieron ser retirados de los altares por la Iglesia, al quedar su santidad en entredicho, y condenada esta bárbara adoración por autoridades civiles y la sociedad, dedicó mucho tiempo y trabajo en  investigar en sótanos y subterráneos de antiguas iglesias, hasta descubrir en ignotos escondrijos y cuartos secretos estos restos viajeros.

Muchos de estos esqueletos, aún permanecían con sus ricas vestimentas, siendo el primero que lograba fotografiarlos después de cuatrocientos años de encubrimiento y rescatarlos para la sociedad moderna, pues su historia y esta nueva falsificación eclesial, constituía uno de los temas tabúes, que el Vaticano manejaba en carácter de secretísimo.



No eran santos ni tampoco fueron mártires. Era imposible asegurar tal patraña, pero sin embargo la Iglesia Católica no tuvo dudas en comprometer su prestigio y asegurar que sí lo eran, por ser conocidos y milagrosos personajes pertenecientes al santoral oficial de la Iglesia, constituyéndose en poderosas reliquias que solo podían exhibirse en los más importantes templos de oración como protectores de las comunidades.

La superchería fue cuidada con todo detalle pues todos estos falsos santos fueron vestidos y representados con los atuendos de época de acuerdo a sus dignidades religiosas. Corona, anillos y espada de oro si fue noble; armadura de plata y armas si soldado; hábito y cruz de oro si fue monje; pecheras con incrustaciones de diamantes, aros, collares y pulseras de oro, amatistas y perlas si fue mujer.



Los lectores pueden ver sus fotos fácilmente en internet solo colocando en Google -esqueletos enjoyados- y junto conmigo meditar sobre estas escenas horripilantes y macabras de tan dudoso gusto, de estos santos de las catacumbas con sus cuerpos esqueletizados, engalanados y embellecidos con ornamentos de fina orfebrería dignos de reyes y emperatrices.
Regiamente vestidos con atuendos de seda y brocado, pelucas rubias, mórbidos dedos engalanados con anillos de diamantes, rubíes y esmeraldas junto a collares de perlas milenarias, estos exquisitos esqueletos de pómulos rellenos con fina cera y cuencas de sus ojos relumbrantes de piedras preciosas, con sus rostros debidamente maquillados y una dentadura perfecta revestida de oro, eran sin duda figuras trágicas y espeluznantes, seres privilegiados de un arte estremecedor que deja al desnudo la estulticia de estos monjes traficantes de la muerte, que festinan lo que dicen adorar.

Aunque la venta de reliquias era considerada simonía, acción o intención de negociar con cosas espirituales, casi todas las iglesias del centro de Europa lograron financiación para hacerse con algunos de estos santos cubiertos de joyas.

Durante casi tres siglos estos cadáveres ornamentados fueron venerados como protectores de las comunidades siendo objetos de plena adoración. En el siglo XIX y con la llegada de la Edad Moderna, muchos de estos presuntos mártires y hombres santos habían sido denunciados como falsificaciones, desnudando la inmoralidad de la Iglesia, que ante el escándalo y el repudio público debió retirarlas de los altares y esconderlas  en desvanes y depósitos secretos de las iglesias. Estos falsos santos resultaron ser una fuente de vergüenza para los fieles y aquellos pontífices de la cúpula papal que patrocinaron esta criminosa modalidad.

El emperador José II de Austria decretó que cualquier reliquia que no tuviera una procedencia firme y convincente debía ser retirada de las iglesias, museos u otros lugares públicos. Su molestia nació porque su madre María Teresa fue engañada al vendérsele al monasterio que patrocinaba, un santo que la Iglesia aseguraba tenía consanguineidad directa con su familia y que era San Federico. Manifiestamente ello era una gran falsedad porque era imposible que hubiera alemanes y nombres como Federico en las catacumbas romanas.

Hay muchos a los que sorprenderá saber que entre estas falsificaciones católicas, estaba el famoso San Valentín, encontrado en los sótanos de la Catedral en Walssasen, Alemania. Mártir cristiano muerto en la vía Flaminia, cerca del puente Milvio, Patrono de los enamorados, cuyo mito floreció justamente en Europa en el siglo XIV, que tiene consagrado el 14 de febrero como “la celebración del día del amor y la amistad” celebrado en todo el mundo, y que es una de las falsas reliquias encontrada y fotografiada por Koudounaris.
Más les sorprenderá saber, que tanto este santo de los enamorados, como la leyenda que se le anexa, son solo otra patraña eclesial, para conseguir adeptos interesados.
Así han inventado muchos santos y sus historias, para que sean adoptados por las viudas, los sufrientes, los solitarios, los que desean mejor suerte en las lides del amor, los jugadores y hasta los ladrones y pillastres, que ya sabemos se identifican con el buen ladrón, compañero de crucifixión de Jesús y que por supuesto ahora como santo, se supone distinguido miembro de la cohorte celestial.
Así San Judas Tadeo, es el patrono de las causas imposibles y ha sido adoptado por los narcos mexicanos; Santa Marta es considerada la patrona de las amas de casa y las cocineras de los hoteles; en la modernidad su culto hace furor entre las empleadas domésticas y Nanas. San Martín de Porres, es patrono de los barberos, estilistas, depilado brasilero y cultores de ese oficio. Santa Dorotea de los jardineros; San Juan de Dios, encerrado como loco en un siquiátrico, ahora santo, es patrono de los enfermeros, hospitales y bomberos y por supuesto patrono principal de los orates y locos de atar.
Apostando los ideólogos de este proyecto, que a mayor fama y prestigio de los santos y mártires que exportaban a las diferentes Catedrales europeas, mejor sería el monto que se pagaría por ellos, no dudaron en ofertar aquellos que presentaban un variado currículo de santidad y milagros y cuya fama o historicidad traspasaba las fronteras.

Por eso mandaron, sin vacilación ni escrúpulo alguno, nada más ni nada menos que el esqueleto de San Constantino, feroz Emperador romano, quizás el más famoso de todos, que hizo tratos con un sector del cristianismo para reclutarlos al servicio del Imperio como religión oficialista y el cual es adorado principalmente por la rama del catolicismo griego, quien lo declaró santo patrono, enviando la Iglesia un esqueleto cualquiera, a quien adosaron falsas credenciales para probar su autenticidad, encontrado también en Alemania por Koudounaris en la Catedral de Walsassen. A su vez, una mano de este gran emperador, fue vendida como genuina y se exhibió por siglos en una Iglesia de Rorschasch, en Suiza.
La historia nos dice que Constantino el Grande murió en su castillo de Izmir, Turquía y enterrado en Constantinopla. Malamente iba a encontrarse en una Catacumba romana, pero para la Iglesia de ayer, como pasa igual hoy, importa más que la verdad, el oro que puede caer en sus arcas sin fondo.
Podríamos mencionar casi un centenar de estos bochornosos negocios de tráfico de osamentas de esta Iglesia impresentable, pero solo mencionaremos unos pocos más, como Santa Mundicia, mártir de las Catacumbas, santa patrona de las solteronas, encontrada en la Iglesia de San Pedro de Múnich, Alemania;  Máximo, encontrado en Burglen, Suiza, famoso Patrono de los pobres; San Pancracio Mártir, muerto hacia el año 305, encontrado con su regia armadura puesta, patrón de la juventud, contra falsos testigos y falsos testimonios, contra perjurio, calambres, espasmos, dolores de cabeza; casi tan bueno como el mentol. Rezar su novena dicen que da dinero urgente y  rápido empleo. Se celebra el 21 de mayo.
Y por último, la guinda de la torta, San Longino, el soldado romano que la leyenda cuenta que traspasó con su lanza el costado de Jesús, un sujeto que no tiene nombre ni ha sido nunca identificado como un ser real, pero sobre el cual la Iglesia tejió una leyenda fantasiosa que coronó con su bizarra santificación por un Papa despistado. Identificados sus restos de la misma poca ortodoxa manera que los anteriores, su esqueleto enjoyado se exhibió por siglos en una iglesia de Tunzenberg, Alemania.


Jesús Hoyos Hernández

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