Por; Jesús Hoyos Hernández//Nacional//Análisis//Política//Opinión//Independencia//
La
renuncia de Santa Anna
La
mañana del 16 de septiembre de 1847 encontró a México sumido en una de las
horas más amargas de su historia. Apenas dos días antes, las tropas
estadounidenses habían entrado en la capital de la República después de las
sangrientas batallas de Chapultepec y de las garitas que defendían la ciudad.
El pabellón extranjero ondeaba ya sobre el Palacio Nacional, mientras el
gobierno mexicano intentaba reorganizarse en medio del desastre. Lejos del
centro ocupado por el enemigo, en Guadalupe Hidalgo, el general Antonio López
de Santa Anna mantenía reunidos los restos del ejército mexicano. Había
abandonado la Ciudadela
durante la noche del 13 de septiembre y observaba con atención las noticias que
llegaban desde la capital. Los informes hablaban de resistencia popular, de
vecinos armados que seguían enfrentándose a los invasores en calles y plazas,
negándose a aceptar la derrota. Aquel escenario alimentaba todavía una
esperanza. Santa Anna no consideraba terminada la guerra. Su idea era reagrupar
las fuerzas nacionales y golpear las líneas de comunicación del ejército del
general Winfield Scott. El plan consistía en enviar al general José Joaquín de
Herrera con la infantería y la artillería hacia Querétaro, mientras él mismo
avanzaría sobre Puebla al frente de la caballería para cortar el abastecimiento
estadounidense. Sin embargo, para llevar adelante aquella empresa debía
desprenderse del poder político. Consideraba que la conducción de la guerra
exigía su presencia permanente en el campo de batalla.
El
día 16 se reunió un consejo de guerra. En aquella junta se evaluó la crítica
situación que enfrentaba la
República. Las derrotas militares, la ocupación de la capital
y la incertidumbre sobre el futuro inmediato llevaron a una decisión
trascendental.
Santa
Anna presentó su renuncia al mando supremo de la nación. De acuerdo con las
facultades extraordinarias vigentes en aquel momento, la dimisión fue aceptada.
El Poder Ejecutivo quedó depositado provisionalmente en Manuel de la Peña y Peña, presidente de la Suprema Corte de
Justicia, auxiliado por los generales Herrera y Alcorta. De esta manera, el
gobierno intentaba preservar la legalidad republicana aun en medio de la
invasión extranjera. Pero antes de partir, Santa Anna realizó un acto cargado
de emoción. Frente a los jefes y oficiales del ejército rindió homenaje a
quienes habían caído en defensa de la patria durante los combates de los días
previos. Al recordar a los jóvenes alumnos del Colegio Militar, aquellos
cadetes que combatieron en Chapultepec hasta el último momento, la voz del
viejo general se quebró. Con lágrimas en los ojos expresó que aquellos
muchachos habían demostrado al enemigo extranjero que sabían morir, pero no
rendirse. Incluso llegó a afirmar que, de haber confiado la caballería a dos de
aquellos alumnos, no habría quedado un solo soldado estadounidense en el Valle
de México. Sus palabras buscaban exaltar el heroísmo de quienes habían
defendido la soberanía nacional cuando todo parecía perdido. Horas después
publicó un Manifiesto a la
Nación , en el que comunicó formalmente su renuncia y explicó
las razones de su decisión. No se trataba, según sostenía, de un abandono de la
causa nacional, sino de un intento por continuar la lucha desde el terreno
militar. Acto seguido emprendió la marcha hacia el oriente. Acompañado por
aproximadamente mil quinientos dragones y cuatro piezas de artillería ligera,
se dirigió rumbo a Puebla. El viaje fue lento y difícil. Finalmente llegó a esa
ciudad el 24 de septiembre de 1847.
Sin
embargo, los acontecimientos ya jugaban en contra de sus propósitos.
La
falta de un plan general, el agotamiento de las fuerzas mexicanas y la
superioridad logística del ejército invasor limitaron severamente sus
posibilidades de acción. Durante varios días permaneció en la región hostigando
las comunicaciones enemigas, pero sin lograr una operación decisiva. Posteriormente
se desplazó entre Nopalucan y Huamantla, en una campaña errática marcada por la
escasez de recursos y la desorganización. Mientras tanto, la tragedia
continuaba. Huamantla fue ocupada por las tropas estadounidenses, que
castigaron duramente a la población por la resistencia ofrecida por sus
habitantes. Aunque la localidad sería recuperada poco después, el destino
político de Santa Anna ya estaba sellado. El 10 de octubre recibió la orden
gubernamental de entregar el mando del ejército y quedar sujeto a un juicio
sobre su actuación durante la guerra. La instrucción disponía que cediera las
armas al general Manuel Rincón o, en su ausencia, al general Juan Álvarez.
Al
no encontrarse presentes ninguno de ellos, Santa Anna transfirió el mando al
general Reyes. Era el fin de una etapa. Destituido de sus responsabilidades
militares, abandonó el ejército y se retiró a Tehuacán. Detrás quedaban años de
protagonismo político y una campaña que había concluido con la ocupación de la
capital mexicana por fuerzas extranjeras.
Así,
aquel 16 de septiembre de 1847, mientras el país conmemoraba el aniversario del
inicio de la
Independencia , México enfrentaba una dolorosa paradoja:
celebraba la libertad conquistada en 1810 al mismo tiempo que veía su capital
ocupada por un ejército invasor. La renuncia de Santa Anna marcó el principio
del fin de su participación en la Guerra México-Estados
Unidos y abrió paso a una nueva conducción política encabezada por José Joaquín
de Herrera, quien posteriormente asumiría la presidencia constitucional y
tendría la difícil tarea de conducir a la nación durante los complejos años que
siguieron a la firma de la paz. Fue una jornada de derrota, incertidumbre y transición,
pero también de resistencia y memoria; un momento en que México, herido por la
guerra, se preparaba para enfrentar uno de los capítulos más difíciles de su
historia.
El 6
DE ENERO DE 1847 el ejército mexicano al mando del general y presidente Antonio
López de Santa Anna inicio su marcha al norte del país, su objetivo la ciudad
de Saltillo, Coahuila que estaba ocupada por el ejército invasor
norteamericano, suceso que va a desembocar en la batalla de La Angostura en entre los
días 23 y 24 de febrero, todo ello en uno de los inviernos mas crueles que se
tengan registros en aquella época: "Mientras
tanto más al sur de las tierras en guerra el ejército mexicano que a marchas
forzadas venia cargando el material de campaña con el cual debía batir al
invasor también recibió con mayor intensidad el rigor de los golpes invernales,
Santa Anna quien de nuevo andaba tomando las riendas de un conflicto nacional
luego de uno de sus tanos celebres exilios, creyó prudente, nuevamente conducir
a un ejército desde San Luis hasta el norte del país, pero esta vez en el peor
invierno de la década y tal vez el peor del siglo XIX, tal como lo había hecho
casi 10 años atrás cuando marchó a Texas, los abnegados hombres y sus esposas,
las soldaderas sufrieron las lluvias que calaban hasta los huesos y los fríos
vientos que no amainaron por más que se acercaban a su objetivo, algunos
murieron a causa de las inclemencias del desierto, pero muy pocos desertaron,
el carácter del soldado mexicano del siglo XIX era “bien conocido por su
frugalidad y sufrimiento” según palabras del propio caudillo."
La
renuncia de Santa Anna
La
mañana del 16 de septiembre de 1847 encontró a México sumido en una de las
horas más amargas de su historia. Apenas dos días antes, las tropas
estadounidenses habían entrado en la capital de
El
día 16 se reunió un consejo de guerra. En aquella junta se evaluó la crítica
situación que enfrentaba
Santa
Anna presentó su renuncia al mando supremo de la nación. De acuerdo con las
facultades extraordinarias vigentes en aquel momento, la dimisión fue aceptada.
El Poder Ejecutivo quedó depositado provisionalmente en Manuel de
Sin
embargo, los acontecimientos ya jugaban en contra de sus propósitos.
La
falta de un plan general, el agotamiento de las fuerzas mexicanas y la
superioridad logística del ejército invasor limitaron severamente sus
posibilidades de acción. Durante varios días permaneció en la región hostigando
las comunicaciones enemigas, pero sin lograr una operación decisiva. Posteriormente
se desplazó entre Nopalucan y Huamantla, en una campaña errática marcada por la
escasez de recursos y la desorganización. Mientras tanto, la tragedia
continuaba. Huamantla fue ocupada por las tropas estadounidenses, que
castigaron duramente a la población por la resistencia ofrecida por sus
habitantes. Aunque la localidad sería recuperada poco después, el destino
político de Santa Anna ya estaba sellado. El 10 de octubre recibió la orden
gubernamental de entregar el mando del ejército y quedar sujeto a un juicio
sobre su actuación durante la guerra. La instrucción disponía que cediera las
armas al general Manuel Rincón o, en su ausencia, al general Juan Álvarez.
Al
no encontrarse presentes ninguno de ellos, Santa Anna transfirió el mando al
general Reyes. Era el fin de una etapa. Destituido de sus responsabilidades
militares, abandonó el ejército y se retiró a Tehuacán. Detrás quedaban años de
protagonismo político y una campaña que había concluido con la ocupación de la
capital mexicana por fuerzas extranjeras.
Así,
aquel 16 de septiembre de 1847, mientras el país conmemoraba el aniversario del
inicio de
Fragmento
del libro "Crónica militar del vómito negro" autor: Erick Bertín
Carrión Arriola.
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