En
el siglo pasado nació en el centro histórico de la cuidad la leyenda de un
aparecido montado en un caballo negro, vistiendo ropas de charro, este sujeto
salía de alguna casona que anteriormente tenía la calle empedrada, que hoy es
la calle Constitución; este charro caminaba a las 12:00 de la noche en
adelante, se dice que su caballo lanzaba destellos de fuego por los ojos y que
el charro tenía unas espuelas de oro; que también reflejaban chispas de lumbre,
este fantasma hacia su recorrido por esta calle y se perdía por la calle
Cuauhtémoc, frente a la casa de la familia Sánchez Fernández, ya que ahí
existía un portón o zaguán donde desaparecía el fantasma; se dice que este
sujeto le había vendido su alma al diablo, era un hombre alto, de aspecto
elegante, de impecable traje negro compuesto por una chaqueta corta, una
camisa, un pantalón ajustado y un sombrero de ala ancha, deambula en la
profundidad de la noche en los solitarios tramos que unen los pequeños pueblos
del México rural sobre el lomo de un caballo enorme y de color azabache,
quienes han tenido trato con él lo presienten, es el diablo, no ignora a los
hombres, a los que ofrece amable conversación, pero su clara preferencia son
las mujeres, a las que seduce con mirada elocuente y palabras cálidas, nada
malo puede decirse del charro negro si el viajero se limita a permitir su
compañía hacia su lugar de residencia si se acerca el amanecer, se despedirá
cortésmente y se marchará con tranco lento, al igual que si el sendero que
recorre lleva a las cercanías de una iglesia, pero si, por el contrario, la
mujer cede a sus ofertas de aligerar el viaje y condesciende a montar el
caballo, esa acción será el principio del fin una vez sobre el animal, la
infortunada descubre que es imposible apearse, es entonces cuando el charro
negro vuelve su montura y se aleja, con rumbo desconocido, sin hacer caso de
los ruegos o los gritos de su víctima, a la que no se vuelve a ver jamás.
La
leyenda:
En
algunos estados de la
República Mexicana, la gente cuenta que en las noches de luna
llena, por los caminos rurales o poblaciones alejadas, se aparece un jinete
flaco y de cara cadavérica, que montado en lustroso caballo negro, ofrece una
bolsa llena de dinero... pero por temor, ¡nadie la ha querido aceptar!,
Tlaxcala, Hidalgo y Veracruz son algunos de los estados donde se cuenta una
leyenda, que si bien muestra pequeñas variantes, en esencia es muy similar, se
cuenta en el estado de Veracruz, donde desde hace muchos años, los habitantes
de varios poblados aseguran haber visto, en noches de luna llena, un hombre
cadavérico, vestido de charro negro, montado en un caballo también negro, este
charro, cuando se aparece, ofrece una bolsa de dinero a quien tiene la mala
suerte de encontrarlo en su camino, pero hasta ahora nadie ha querido recibir
la bolsa con monedas de oro, porque temen que sea una jugarreta del demonio...
Allá
por el año de 1966, el señor Abundio Rosas regresaba a su casa, situada en las
afueras del puerto de Veracruz. Aunque había luna, ésta se escondía entre las
copas de los árboles, por lo que reinaba cierta oscuridad, que causaba gran
impresión por las formas fantasmagóricas que se formaban con las sombras de la
luna, de pronto, don Abundio sintió que alguien lo seguía pero no quiso
voltear, sino que apresuró más el paso, empuñando el machete que siempre lo
acompañaba, sin embargo, cada vez sentía más cerca a ese alguien que lo seguía,
de repente, un sudor frío se apoderó de él, sintió que se desmayaba, pero pese
al miedo decidió enfrentarse a lo que fuera, volteó el rostro y con asombro vio
una diabólica escena, era un gran caballo negro, de pelo brillante y lustroso,
pero con ojos espeluznantes que parecían lanzar fuego, lo montaba un hombre
alto y flaco, con un sombrero negro, no tenía ojos, nariz ni boca, en suma, era
algo espantoso, por lo que don Abundio ya no pudo moverse, ni hablar, temblaba
de terror y más cuando el siniestro charro sacó una mano que se veía roja y con
larguísimas uñas, tomó una bolsa de su caballo y la extendió ofreciéndosela al
aterrado hombre, quien vio cómo la bolsa se abrió y mostró su interior lleno de
dinero; pero don Abundio no quiso aceptarla, el jinete se la volvió a ofrecer y
tampoco le hizo caso, entonces el charro negro se volvió con su caballo sin
pronunciar palabra y se alejó, pero Abundio nunca escuchó el galopar del
caballo, cosa que lo atemorizó más, pronto se sobrepuso y continuó su camino
rumbo a su casa, al llegar estaba tan asustado que no pudo cenar, contó lo
sucedido a su esposa, la cual también se aterrorizó, como es de suponerse, esa
noche ambos no pudieron dormir, por lo que al día siguiente Abundio se levantó
temprano y acudió al lugar donde se le había aparecido el misterioso charro,
buscó con cuidado, pero no halló nada que pudiera tomarse como indicio de su
existencia, por la noche don Abundio tuvo la necesidad de volver a pasar por el
lugar, temeroso de encontrarse con el charro, pero ya no se le apareció esa
noche ni otra más.
Paso
el tiempo y Abundio ya casi ni se acordaba del encuentro con aquel misterioso
charro negro... Pero una noche, ya muy cerca de su casa, se topó de nuevo con
el aparecido, quien con voz cavernosa le dijo que tomara la bolsa con el
dinero, como el hombre no la aceptó por temor a que fuera cosa del diablo,
entonces el charro le dijo con voz aún más cavernosa: “Me volverás a ver muy
pronto”, Abundio medio muerto de miedo, sin volver la cabeza, echó a correr y
no paró hasta llegar adentro de su casa, su mujer salió espantada y le gritó:
“¡Abundio, mira, el charro se está asomando por la ventana... Anda, sal y
orínate en cruz afuera de la puerta, dicen que así no puede pasar el maligno!”.
Abundio,
tembloroso, salió de su casa y se orinó en cruz fuera de la puerta, en cuanto
terminó de rociar el piso, el caballo relinchó en forma macabra, y jinete y
animal a todo galope se perdieron en la oscuridad de la noche, desde entonces
ni Abundio ni su mujer han vuelto a ver al “charro negro”... Pero muchas otras
personas de la región han contado la misma historia y aseguran que también lo
han visto.
La
ambición es una mala consejera, al menos fue la causa por la que el mítico
Charro negro comenzó a aparecer en nuestro país, se cuenta que hace muchos años
en Pachuca vivían familias de mineros y jornaleros que trabajaban a deshoras y
en condición de esclavos. Entre ellos había un hombre llamado Juan, un hombre
ambicioso que no dejaba de quejarse de su suerte, un día, al terminar su
jornada laboral, se dirigió a la cantina más cercana y comenzó a beber en
compañía de sus amigos, ya entrado en copas comento:
“La
vida es muy injusta con nosotros. Daría lo que fuera por ser rico y poderoso.“
En
ese momento, un charro alto y vestido de negro entró a la cantina y le dijo:
“Si
quieres, tu deseo puede ser realidad.“
Al
escucharlo, los demás presentes se persignaron y algunos se retiraron, el
extraño ser le informó que debía ir esa misma noche a la cueva del Coyote, que
en realidad era una vieja mina abandonada, Juan asintió, más envalentonado por
el alcohol que por el dinero, a la hora convenida ya estaba parado frente a la
mina, pero no vio nada extraordinario. Ya iba a retirarse cuando descubrió un
agujero en el cual había una víbora que lo observaba fijamente, Juan se
impresionó al ver el tamaño descomunal de ese animal, por lo cual decidió
llevárselo a su casa para poder venderlo posteriormente, en su casa depositó a
la víbora en un viejo pozo de agua que se encontraba seco y lo tapó con tablas.
Su
esposa en vano intentó saber el motivo de su tardanza, porque el hombre todavía
estaba ahogado de borracho, cuando se durmió, Juan comenzó a soñar con la
víbora, quien al parecer le decía:
“Gracias
por darme tu hogar y aceptar que entre en las almas de ustedes. Al despertar
encontraras en tu granero el pago por tu alma. Si decides aceptarlo, tendrás
que darme a tu hijo varón.“
Juan
tenía dos hijos: uno de seis años y un bebé varón de escasos seis meses. A la
mañana siguiente, el hombre aún aturdido por los efectos del alcohol se dirigió
al granero, donde encontró entre el maíz desgranado unas bolsas repletas de
monedas de oro. No salía de su asombro cuando el llanto de su mujer lo sacó de
su concentración: su hijo menor había desaparecido, mientras que la niña
señalaba al pozo sin agua, al retirar Juan las tablas, encontró a su pequeño
despedazado, pero no había ni rastros de la víbora, el dinero le sirvió de
consuelo, se hizo de terrenos y construyó una hacienda. El tiempo pasó, y en
sueños la serpiente le hizo un segundo trato: “Ampliar su fortuna a cambio de
más hijos“.
Juan
actuaba ya en una forma despiadada: Se hizo de muchas amantes, todas oriundas
de pueblos lejanos. Tras dar a luz estas mujeres, el hombre se aparecía
exigiendo al niño para su crianza. Al cabo de unos años su fortuna creció
considerablemente, pero llegó el día en que murió.
Se
dice que en el velorio la gente que se encontraba presente rezaba, cuando entró
por la puerta principal un charro vestido de negro que exclamó:
“¡Juan!,
¡estoy aquí por el último pago!“
Dicho
esto desapareció, dejando un olor a azufre. La gente intrigada abrió el ataúd
de Juan y no encontró más que un esqueleto, se cree que desde entonces el
Charro negro anda buscando quién cambie su alma y la de los suyos a cambio de
unas monedas de oro.
Tambien
en queretaro se habla de este ser, específicamente en la hermosa peña de
Bernal, un pueblo mágico con su bello atardecer, su imponente peña, y sus
escenarios que son únicos en México, sin embargo, parte de su encanto reside en
el misterio que rodea a la comunidad, ya que cuando se pone el sol y la Peña comienza a perderse de
vista, se siente la atmósfera de lo desconocido y paranormal, mucho se dice en
torno a la peña, sus leyendas traspasan fronteras, causando que miles de
curiosos de todo el mundo busquen ver con sus propios ojos todo lo que
presuntamente sucede en las faldas y cima del tercer monolito más grande del
mundo, sin embargo, esta historia se centra en el pueblo y no en la peña.
El
padre Ramón amaba su pueblo, había nacido ahí, y ahí esperaba quedarse hasta su
muerte, cómo era lógico en el siglo XIX, todos conocían al sacerdote por ser el
párroco del Templo de San Sebastián, que se alza gobernando la Plaza Principal,
una fría noche de noviembre, Ramón se encontraba terminando unos asuntos de la Iglesia en su casa,
estaban a punto de dar las tres de la mañana, pero con todo y que tenía que dar
misa de siete para los trabajadores madrugadores, no podía irse a dormir sin
terminarlo, unos minutos después, un poco pasadas las tres, escuchó golpes
desesperados en su puerta, apresurado y un poco preocupado abrió la puerta para
ver quién era tan tardío visitante, se encontró ante uno de los frecuentes de
su misa de 7, estaba pálido, sudoroso, y completamente borracho, nervioso por
su salud, le invitó a pasar y le sirvió una taza de café, la cual tomó con
vehemencia y de un trago, una vez que se calmó un poco, comenzó a explicar el
motivo de su visita.
"Padre",
dijo "venía yo de estar con unos amigos bebiendo cerveza. Regresé sólo
caminando por la obscuridad, lo he hecho miles de veces pero nunca me había
pasado algo así, en la intersección con el camino que lleva a Querétaro, me
encontré con la figura de un hombre montado a caballo, sólo vi su sombra, pero
parecía tener un atuendo de charro, pasé a su lado sin voltearlo ver, en caso
de que fuera un maleante, comenzó a seguirme y empecé a correr, cuando voltee,
ya no estaba ahí padre, vi hacia todos los lugares, incluso regresé un poco, y
no estaba, desapareció."
Ramón
se mostró escéptico ante la historia del desaparecido, sin embargo, su deber
como sacerdote en el pueblo le obligaba a investigar, en el nombre de la Iglesia, ese tipo de
casos, por lo mismo, prometió a su visitante que iría al día siguiente a la
hora señalada, el miedo se apoderó de él durante el día, por lo que le pidió a
uno de sus discípulos seminaristas que le acompañara aquella noche, la
obscuridad llegó como cualquier otro día, pero Ramón la sintió mil y un veces
más opresora, más aplastante, más siniestra, pasaron las eternas horas hasta
las dos y media de la mañana, hora en la que ambos sacerdotes salieron con
dirección al lugar presuntamente embrujado, iban llegando al lugar a las tres
de la mañana y no tuvieron que buscar mucho, ahí lo vieron, más negro que la
noche misma, la silueta de un hombre con sombrero de charro montado a caballo.,
se mantuvieron tranquilos al ver tan tenebroso panorama, pero el miedo
creciente amenazaba con salir a través de un grito en ambos hombres de Dios,
sin importar esto, caminaron hacia donde se encontraba el espectro, quién
cabalgó tranquilamente hacia ellos. Con pasos temblorosos y rezos silenciosos
llegaron a su encuentro, al acercarse, no pudieron ver nada más que su sombrero
y traje de charro negros, que iban en compás con su obscuro y desnutrido
equino.
"Padre,
necesito que me confiese", dijo el charro negro antes de que los
sacerdotes pudieran decir algo, era una voz profunda y terrible, amenazante y
llena de tristeza, en ese momento, Ramón recordó que tenía de su lado la fuerza
de la fe y el miedo desapareció, "Claro que sí hijo", contestó,
esperando poder ayudar al alma en pena, pero voy a necesitar que te quites tu
sombrero, al quitarse el sombrero de charro, el padre Ramón recuperó con creces
el miedo que había perdido, vio una cara que no estaba ahí, estaba cubierta de
una piel verdosa putrefacta, en algunos lugares se podía llegar a ver el
cráneo, al ver la reacción de Ramón, el muerto en vida extendió una mano
cubierta por un guante de cuero y le tocó el pecho, Ramón calló desmayado y el
charro negro desapareció, con trabajos, el joven sacerdote lo llevó a su casa,
donde falleció dos días después.
Aún
ahora, la intersección del camino a Bernal con el camino a Querétaro es un
lugar evitado por los locales después de que obscurece, ya que desde su primer
encuentro con Ramón y el joven sacerdote, muchas personas han afirmado verlo,
algunas, han muerto misteriosamente algunos días después.
Pues ándale, siéntate ahí en ese banquito de madera,
porque te voy a contar un relato que ni tu abuela querría que supieras. Ocurrió
en el rancho "El Suspiro", un lugar más olvidado por Dios que una
misa a las tres de la mañana. Todo sucedió en el establo, el lugar donde los
animales descansan y a veces también el mal acecha.
En aquel rancho, había un mozo llamado Lázaro, trabajador
hasta los huesos pero con una mala suerte que ni te cuento. Una noche de luna
llena, el jefe le pidió que se quedara más tarde, asegurándose de que las
bestias estuvieran bien alimentadas y el establo bien cerrado.
"Ten cuidado, Lázaro", le dijo el patrón,
"que el Charro Negro ronda por estos lados en noches como ésta."
Lázaro se rio. "Si el Charro Negro se aparece, le
invito un trago de mezcal."
La noche estaba más oscura que boca de lobo y el viento
ululaba como alma en pena. Lázaro estaba solo en el establo, y el ambiente se
sentía más pesado que un costal de maíz mojado. Empezó a sentir un frío que le
calaba los huesos, como si alguien hubiera dejado abierta la puerta del
mismísimo infierno.
Fue entonces cuando lo vio. A la entrada del establo, un
hombre vestido de charro con un sombrero tan negro como la noche misma. Sus
ojos eran dos brasas ardientes y en su mano llevaba una botella de mezcal.
"Vengo por lo que me ofreciste", dijo el Charro
Negro con una voz que sonaba como el crujir de huesos secos.
Lázaro, sintiendo un miedo que no podía explicar, le
ofreció un trago. El Charro Negro lo aceptó y bebió directamente de la botella.
Pero cuando Lázaro intentó hacer lo mismo, la botella se deshizo en sus manos,
convirtiéndose en cenizas.
"Sabes, muchacho", dijo el Charro Negro,
"el mezcal es el néctar de los condenados. Y tú, ya te has ganado tu
lugar."
Sin más, sacó un lazo negro como el carbón y lo lanzó
sobre Lázaro, quien gritó como nunca había gritado antes. El Charro Negro se lo
llevó, y las bestias del establo se desataron en un frenesí, rompiendo todo a
su paso.
Al día siguiente, encontraron el establo destruido y a los
animales sueltos. De Lázaro no quedó más que su sombrero y una botella de
mezcal vacía. Y aunque buscaron por todas partes, nunca lo encontraron. Desde
entonces, en las noches de luna llena, dicen que se escuchan los gritos de un
hombre y el relincho de un caballo negro galopando a toda velocidad.
Así que ya ves, amigo, cuidado con lo que deseas, porque
en esta vida y en la otra, hay deudas que uno no puede dejar de pagar.
En Amatitán Jalisco se cuenta una leyenda muy
similar y en varias regiones de México.